Publicado el 19 agosto, 2020 a las 1:45 pm / Destacamos / Noticias / 216 lecturas

Parque de Lota, espacio de memoria colectiva

Por: Patricio Espergel

                                            

 

Hace 168 años, Matías Cousiño comenzó a delinear los primeros bocetos de lo que sería conocido décadas más tarde como Parque de Lota. Sus 14 hectáreas fueron adornadas entre 1852 y 1863 en vida del patriarca, ya decidido a crear este inmenso jardín el cual no vio completado pues falleció a los 53 años (1863). 

Su hijo, Luis, continuó su labor de hermoseamiento entre 1863 y 1873, año este último en el cual también falleció. Finalmente, su viuda, Isidora Goyenechea, concluyó la mayor parte de la obra, incluyendo la construcción de un palacio en su interior, iniciado en 1885 pero que, nuevamente, su dueña no pudo ver terminado pues murió en 1889. Permaneció abandonado hasta 1909. 

En el intertanto, diversos administradores cuidaron de esta gran área verde, completando la labor iniciada por sus propietarios originales que habían traído varias especies arbóreas de distintos lugares del mundo, así como flores y estatuas, habían construido un observatorio meteorológico, un jardín botánico, un faro, un puente, entre otras obras menores.

Posteriormente, en 1960, el palacio fue dinamitado ante el riesgo de que podría caerse a raíz del terremoto del 22 de mayo de ese año. Nada quedó de esa magnífica construcción salvo algunos muebles y esculturas que fueron enviados a diversos puntos del país como el Palacio Cousiño en Santiago y la viña Cousiño en Macul. Otros permanecieron, como los dos leones a la entrada del parque (que precisamente estaban al ingreso del palacio), y otros ornamentos se cuidan en el museo local.

Este lugar es un hermoso ejemplo del amor que se tiene por un espacio considerado por los lotinos como propio, puesto que mutó de ser un bien privado y de acceso limitado, a un espacio público y de acceso casi universal (dado el valor de su entrada). 

Es un lugar de recreación visual, de paseo, de conversación, pero también de educación. Sus variadas especies vegetales y animales nos maravillan cuando las vemos. En el fondo, es un museo al aire libre, donde los relatos de las guías y también de los propios vecinos, antiguos mineros, nos recuerdan que hace décadas nadie, salvo dueños o administradores, podía acceder al parque. Y todo cuidadosamente conservado por generaciones de esmerados jardineros y jardineras, que quieren su trabajo y que ven con temor el cierre definitivo de un espacio histórico y cultural que cercenaría una parte importante del pasado lotino.

Lo positivo es que ya hay organizaciones que asumirán el desafío de sacar adelante el proyecto. Una buena noticia en medio de tiempos de pandemia cuando estos espacios descansan de la masiva presencia humana, para volver a recibirnos y reeducarnos sobre la importancia de mantener lugares como este que, además de deleitarnos con sus verdes paisajes, se constituyen también en espacio de memoria colectiva y en lugares de identidad. En fin, en parte de la historia de los lotinos.

 

 

                                       Carlos Ibarra Rebolledo

                                        Director de Pedagogía Media en Historia y Geografía 

                                                                                 Universidad San Sebastián