Hay días en que la geografía de la comuna deLota, parece pesar un poco más. Hay amaneceres donde la neblina no viene del mar, sino del alma colectiva de un pueblo que se descubre de pronto más huérfano, más vacío. Hoy es uno de esos días. Lota despierta con un manto de tristeza que se extiende desde la costa hasta los barrios más altos. Las calles que por décadas sintieron el paso firme, humilde y generoso de nuestro vecino, hoy guardan un silencio que estremece. Se ha marchado Don Luis Poblete, nuestro querido y respetado «Don Lucho». Y aunque la muerte es una ley inevitable de la vida, hay partidas que calan tan hondo que obligan a detener el andar cotidiano para mirar al cielo, dar las gracias y llorar a los grandes.
Don Luis no pasó por Lota como un simple espectador de la historia; él la escribió con el sudor de su frente, con la nobleza de sus actos y con una capacidad de entrega que hoy parece de otra época. Su historia es la historia del esfuerzo lotino, de esa estirpe de hombres y mujeres que no le temen al sacrificio y que transforman las dificultades en peldaños para avanzar.
El mundo de la pesca artesanal de nuestra zona pierde hoy a uno de sus faros más potentes. Don Lucho entendió el mar no solo como un sustento, sino como un estilo de vida que exige respeto, coraje y, por sobre todo, compañerismo. Con esa visión clara y una tenacidad inquebrantable, logró fundar su empresa familiar en torno a la pesca. No fue un camino fácil, pero él supo sortear las tempestades con la templanza de los sabios.
Lo hermoso de su éxito empresarial es que jamás se construyó desde el egoísmo. Para Don Luis, el crecimiento de su negocio significaba, antes que todo, la oportunidad de dar trabajo, de llevar el pan a mesas ajenas y de dignificar el oficio del pescador artesanal. Su empresa fue, en realidad, una extensión de su propio hogar. Quienes conocieron de cerca su labor saben perfectamente que Don Lucho era de esas personas que no necesitaban que les pidieran ayuda; él la ofrecía antes. Su mano siempre estuvo abierta para el pescador que pasaba una mala racha, para el vecino golpeado por la desgracia o para cualquiera que tocara a su puerta buscando un consejo o un plato de comida. Su bondad no buscaba el aplauso ni el reconocimiento público; se ejercía en el silencio cómplice de los hombres verdaderamente buenos.
Pero la huella de Don Luis Poblete no se quedó varada en las redes ni en el puerto. Cruzó los caminos de Lota hasta arraigarse profundamente en el corazón del deporte local. Su otra gran escuela de vida, su refugio de alegrías y el terreno donde sembró valores imborrables fue el club de sus amores: el Club Deportivo Estrella Roja de Lota.
Como presidente de la institución, Don Lucho no fue un dirigente de escritorio. Fue un líder de cancha, de camarín, de barro y de asados familiares. Entendía que el deporte de barrio era la herramienta más poderosa para alejar a los jóvenes de los malos caminos y para unir a las familias lotinas. Hasta el último suspiro de su vida, su participación fue activa, apasionada e incondicional. No importaban los achaques de la edad ni el cansancio de los años; si el Estrella Roja jugaba, ahí estaba Don Lucho, alentando, gestionando y demostrando que el amor por una camiseta es un compromiso para toda la vida. Hoy, las vitrinas de su club están de luto, y la pelota rueda con una tremenda melancolía porque ha partido su dirigente más leal.
Detrás de cada gran hombre hay una historia de amor que sostiene los cimientos de la vida. Apenas el año pasado, tuvimos la fortuna de ser testigos de un hito maravilloso que conmovió a toda la comuna: la celebración de sus Bodas de Diamante. Sesenta años de matrimonio. Se dice fácil, pero representa toda una vida de complicidad, de paciencia, de superar temporales juntos y de celebrar las cosechas de la vida.
Aquella fiesta en grande, donde su familia se volcó por completo para homenajearlos, fue el broche de oro que la vida le regaló en vida. Fue el espacio donde Don Luis pudo mirar a los ojos a su compañera de ruta, a sus hijos, a sus nietos y bisnietos, y ver reflejado en ellos el resultado de una siembra perfecta. Hoy, ese recuerdo no debe ser motivo de amargura, sino el refugio más dulce para su viuda y su descendencia. Pocas familias pueden inflar el pecho con el orgullo de haber tenido a la cabeza a un hombre que amó tanto y que fue tan amado.
«Las personas no mueren cuando las enterramos; mueren cuando las olvidamos. Y a Don Lucho, Lota lo va a recordar en cada salida de lancha, en cada grito de gol del Estrella Roja y en cada esquina donde su caminar humilde dejó una escuela de bien.»