Por: Equipo de Prensa Radio Patagual
En Lota nos hemos acostumbrado a los milagros. Vivimos en una tierra de historia y esfuerzo, pero lo que no sabíamos es que teníamos una municipalidad que operaba bajo leyes físicas distintas a las del resto de los mortales. Resulta que, hasta hace poco, el sillón alcaldicio en Lota no era un cargo público, era algo más parecido a un estado espiritual: la autoridad «estaba», pero nadie podía probar cuándo, cómo, ni por cuántas horas.
La Contraloría General de la República ha tenido que venir a recordarle a la Ilustre Municipalidad lo que a cualquier trabajador de una pesquera, de un negocio o de una oficina se le exige desde el primer día: hay que marcar la asistencia. Parece un chiste de mal gusto, pero la defensa del municipio fue aún más creativa. Intentaron convencer al ente fiscalizador de que, como el alcalde es elegido por voto popular, el reloj control era una especie de «ofensa» a su investidura. La respuesta de Contraloría fue un «téngase presente» cargado de sentido común: usted es funcionario, usted recibe un sueldo que pagan todos los chilenos y, por lo tanto, usted debe demostrar que trabaja las horas que dice trabajar. La opacidad tiene un límite, y ese límite se llama Probidad.
Pero no nos engañemos. El alcalde no es el único protagonista de esta comedia de errores. Aquí es donde entra nuestro flamante Concejo Municipal.
Es increíble, casi poético, el silencio sepulcral que han guardado nuestros concejales durante años sobre este «secreto a voces». Porque convengamos en algo: en Lota todos sabíamos que el control de jornada era un fantasma. Sin embargo, parece que para nuestros ediles es mucho más cómodo el confort de la dieta mensual —ese milloncito de pesos que llega puntual cada mes— que el «estrés» de fiscalizar.
Como bien decía la canción de Los Prisioneros, parece que en el Concejo de Lota la consigna es «nunca quedar mal con nadie». Es más fácil calentar el asiento en las sesiones de rigor, sacarse la foto en el evento de turno y no levantar polvareda, no sea cosa que el jefe se enoje.
Lo más irónico de este «Lota-Gate» de la asistencia es que varios de estos mismos concejales, los que hoy guardan silencio y miran para el lado, ya están probándose la banda de candidatos a alcalde. Llevan dos, quizás tres periodos viendo cómo la transparencia se cae a pedazos y no han movido un dedo. ¿Con qué cara van a prometer orden y honestidad si no fueron capaces de exigir un decreto para que se marcara la tarjeta en su propia casa?
La Contraloría les dio 30 días para salir de la oscuridad. Treinta días para que el municipio de Lota deje de ser una isla donde las reglas de transparencia no aplican. Mientras tanto, el vecino de a pie, el que se levanta a las seis de la mañana para cumplir un turno, mira con indignación cómo la fiscalización en su comuna es un deporte que sus representantes olvidaron practicar hace mucho tiempo.
Señores concejales: fiscalizar no es un favor que nos hacen, es su obligación legal. Si no les gusta el conflicto o les da pereza quedar mal con el alcalde de turno, quizás el cargo les queda grande. Lota ya no está para «zonas de confort», está para autoridades que den la cara y, sobre todo, que marquen el reloj.